sábado, 24 de marzo de 2012

El coronel Amadeo Martínez Inglés imputado por un presunto delito contra la corona

Amadeo Martínez Inglés 
En el día de ayer, 23 de marzo de 2012, sobre las 18 horas, recibí a través de telegrama y de una patrulla de la policía municipal de Alcalá de Henares, una cédula de citación proveniente del Juzgado Central de Instrucción número dos de la Audiencia Nacional (providencia de 21.03.12) por la que se me convoca a declarar como imputado en el citado Juzgado el próximo 16 de Abril a las 10,30 horas en un presunto delito CONTRA LA CORONA en relación al artículo publicado el 12.12.11 en determinado periódico digital de Canarias (ver aquí).

El envío de la citación se realizó, sin ninguna duda, con evidente ánimo intimidatorio, ya que el día anterior, 22 de marzo, una patrulla de la misma policía local, sobre las 21 horas y sin ningún pre aviso telefónico o de otra índole, pretendió acceder a mi domicilio usando sin recato alguno el telefonillo de la puerta de la finca y preguntando a los vecinos donde podían encontrar al titular de la misma. Creando, lógicamente, el consiguiente revuelo vecinal.

A este historiador militar no le cabe la menor duda de que este ataque contra su persona obedece a la borrachera de poder que en estos momentos sufre la derecha española, engreída, autoritaria y a la vez asustada por la ingente tarea que tiene por delante y que no tiene nada seguro pueda llevar a buen término. Y esta demencial salida contra mi persona y contra la más elemental libertad de expresión de un profesional de las letras en apoyo de una Casa Real desprestigiada y envuelta en la más mezquina corrupción puede, y con toda seguridad así va a ocurrir, volverse contra ambos protagonistas de la embestida. A este antiguo militar, al que en su día ya otros políticos y jerarcas castrenses franquistas le obligaron a cambiar las armas por la pluma, muy pocas cosas le asustan en esta vida. En los cuarenta años en los que permaneció en el Ejército no le asustaron ni las balas del enemigo en la guerra, ni las asechanzas y represiones de la cúpula franquista de Defensa (fui encarcelado pero me salí con la mía erradicando la mili obligatoria y creando el ambiente necesario para profesionalizar y modernizar las FAS), ni las traiciones de los políticos, ni la censura de los medios de comunicación. Y desde luego, menos que nada, el etéreo poder de una Corona y de unos Gobiernos que han llevado a este país a la miseria y la corrupción.

Por ello que se olviden, aquellos que han decidido reabrir esta demencial lucha con el profesional que esto escribe, de que su maniobra pueda hacerle callar. Voy a seguir, como siempre he hecho, en la brecha, en la barricada, en el puesto que creo debo ocupar para conseguir mis nuevas metas. Que no son otras que acabar de una vez con el residuo franquista que en estos momentos representa la desprestigiada corona española para que, de una vez por todas, el legítimo régimen republicano que en su día fue masacrado por la rebelión genocida de Franco pueda hacer caminar de nuevo a este bendito país por las sendas verdaderamente democráticas de las que nunca debió salir.

¡Viva la República!

Fdo: Amadeo Martínez Inglés


Pesquerías Canarias

Por Francisco García-Talavera

Nunca ha sido bien reconocido, ni suficientemente valorado, el importante papel histórico que han protagonizado los canarios en los últimos cinco siglos del extenso litoral sahariano vecino a estas islas.

Es la misma Historia la que hace falsa la extendida creencia de que Canarias ha vivido siempre de espaldas al mar. Ahí tenemos la extraordinaria labor y los duros episodios que han protagonizado nuestros valerosos pescadores y marineros en las inhóspitas costas del vecino continente africano, que relataremos a continuación.

Hoy sabemos también que los guanches explotaban, además del marisqueo, los abundantes recursos pesqueros del litoral de nuestras islas. Para ello se valían de diversas técnicas y artes de pesca, como el “embarbascado” en los charcos de marea o “corrales”, las nasas y redes empleadas en Gran Canaria o los anzuelos de gran tamaño, hechos de conchas o cuerno de cabra, encontrados en yacimientos arqueológicos de varias islas. Las dimensiones de estos anzuelos nos están indicando que únicamente podían servir para la captura de grandes peces y al mismo tiempo la posibilidad de que fueran utilizados para la pesca de bajura, desde rudimentarias embarcaciones. De todos es conocida la gran riqueza estacional de túnidos que recala por estas islas.

Por eso resulta aventurado asegurar categóricamente que los antiguos canarios desconocían la navegación, entre otras cosas porque, o bien fueron traídos por los fenicios, púnicos o romanos, o vinieron por sus propios medios y, en cualquiera de los casos: por mar.

Torriani (1568) nos describe detalladamente cómo los antiguos canarios construían embarcaciones de madera de drago y vela cuadrada de hojas de palma trenzadas, con las que recorrían las costas de la isla de Canaria pescando y también se aventuraban a viajar, me imagino que en épocas propicias, a Fuerteventura y Tenerife para robar.

La extraordinaria riqueza ictiológica de esta región atlántica era conocida desde la antigüedad por las grandes civilizaciones mediterráneas del Ier milenio A.C. Pues se ha constatado arqueológicamente la presencia de factorías y colonias en diversos puntos de la costa atlántica marroquí (Lixus, Mogador, Cabo Guir) fundadas por fenicios y púnicos, y reutilizadas por los romanos, que buscaban los preciados productos marinos de “la púrpura”, “el garum” y otros derivados de la pesca.

En los últimos años han salido a la luz suficientes datos contrastados como para que las islas Canarias sean incluidas en el itinerario comercial de los mencionados pueblos mediterráneos. Lo que hasta hace poco eran indicios y pruebas aisladas, va tomando cuerpo, sobre todo a raíz de los importantes descubrimientos de Lanzarote y La Graciosa, este último por nosotros, hace unos meses.

Pero, a pesar de la gran riqueza de los recursos marinos que albergan las aguas y fondos de nuestro archipiélago, suficientes para abastecer a la población de las islas, los canarios –quizás movidos por un espíritu aventurero innato y propiciado por nuestro propio aislamiento- desde que tuvimos oportunidad, nos proyectamos al exterior; al principio obligados, pero más tarde por nuestra propia iniciativa, aunque a veces también forzados por las circunstancias económicas y políticas.

Después de la conquista, el objetivo más cercano lo teníamos a menos de 100 kilómetros: la inmensa costa de Africa, ofreciendo sus ricos y vírgenes caladeros. También hacía falta mano de obra que fuera sustituyendo a los liberados esclavos guanches, para los duros trabajos de la floreciente industria azucarera. Hacía allí se armaron numerosas expediciones esclavistas, comerciales y pesqueras, y así dio comienzo un flujo de ida y vuelta que, con altibajos y distintos escenarios, ha perdurado hasta nuestros días.

Las frecuentes “razzias” esclavistas tenían lugar, fundamentalmente, en el “hinterland” de las islas orientales comprendido entre Cabo Nun y Cabo Juby, y para ello se hacía necesaria la construcción de fortificaciones en esa costa que protegieran dicho tráfico, así como otras transacciones comerciales con las poblaciones del lugar, además de la incipiente pesquería. Con este fin se edificó la célebre torre de Santa Cruz de la Mar Pequeña en 1477, la cual duró en pie hasta 1524, fecha en que fue arrasada por los berberiscos, tras casi medio siglo de luces y sombras.

Los guanches en berbería

Fueron muchos los guanches que perdieron su vida en aquellas inhóspitas tierras, especialmente los canarios, que llegaron a quejarse a los Reyes Católicos porque más de la mitad de los enviados allí a la fuerza había muerto en distintos enfrentamientos con los enfurecidos pobladores de aquellas tierras. Quizás el más sonado de ellos es el que tuvo lugar en la desembocadura del río Assaka, al sur de Sidi Ifni. Hacia el año 1500, cuando Alonso Fernández de Lugo trataba de levantar allí una de las torres que los reyes le habían encomendado, los guanches y algunos europeos fueron cercados por una numerosa tropa enemiga y, tras una feroz batalla, en la que le dio tiempo de embarcarse al adelantado y así escapar de una muerte casi segura, murieron todos los que allí habían quedado, entre ellos el noble canario Pedro Maninidra, que tanto contribuyó a la conquista de Tenerife. En esas costas se escribieron páginas heroicas de nuestra Historia, como también lo fue la gesta de la batalla de Tafraut, en 1549. Asimismo, hubo otras no tan brillantes, sino más bien execrables, relacionadas con la esclavización de aquellas pobres gentes.

Por fortuna, “las cabalgadas” en busca de esclavos berberiscos cesaron a finales del siglo XVI, y a partir de esa época los contactos con el vecino continente fueron eminentemente pesqueros.

Cabe pensar que una de las principales razones del interés de los reinos de Castilla y Portugal por conquistar el archipiélago canario, era su proximidad a esa costa tan rica en pesca y tan propicia para el lucrativo comercio de los valiosos productos africanos (esclavos, oro, marfil, especias).

Y así, en medio de las disputas por el litoral africano entre los dos reinos ibéricos, los derechos a las pesquerías en esas aguas fueron concedidos por Juan II de Castilla al duque de Medina Sidonia, que ya explotaba con almadrabas los bancos atuneros de Andalucía. Algo más tarde, los Reyes Católicos consideran este lucrativo recurso como una regalía de la Corona y autorizan al adelantado Alonso Fernández de Lugo a arrendarlas, el cual tuvo que enfrentarse con los legítimos intereses señoriales de Inés Peraza en Santa Cruz de la Mar Pequeña y también con las apetencias portuguesas.

Santa Cruz de la Mar Pequeña

La presencia, sobre todo canaria, en estas inhóspitas costas le sirvió a España, cuatro siglos después, para reclamar a Marruecos antiguas reivindicaciones territoriales frente a las islas, que más tarde cristalizaron en la concesión de Sidi Ifni y Sáhara Occidental. Fue a raíz del tratado de Tetuán (1860) cuando se inicia el proceso de localización de la antigua fortaleza de Santa Cruz de la Mar Pequeña, sucediéndose las expediciones y campañas en su búsqueda. En ellas intervinieron eminentes militares y políticos españoles, como Jorge Juan, Fernández Duro y Alcalá Galiano, así como nuestros ilustres paisanos, el notario de Arrecife Antonio María Manrique, abuelo del recordado artista lanzaroteño César Manrique y el médico y etnógrafo tinerfeño Juan Bethencourt Alfonso, autor, entre otras, de la gran obra “Historia del Pueblo Guanche”.

Estos dos destacados canarios contribuyeron, con sus datos de Puerto Cansado recogidos “in situ” y los planos aportados (1882), a corregir el error de otros autores que, de manera interesada, habían localizado Santa Cruz de la Mar Pequeña en Sidi Ifni.

A pesar de todas estas vicisitudes e incidentes, los canarios siguieron frecuentando esas costas, faenando en las pesquerías del extenso litoral comprendido entre el Cabo Guir y Cabo Bojador, en los primeros siglos postconquista, hasta ampliarlas a las ricas aguas tropicales de Cabo Blanco y Banco de Arguín.

El auge de las pesquerías canarias en “La Costa” fue tal, que en la época de Sabino Berthelot (mediados del siglo XIX) constituía el principal recurso alimentario de nuestro pueblo.

Los recelos de España

Los regidores y autoridades insulares y, en especial el gobierno de España, no veían con buenos ojos la intromisión de extranjeros en los negocios comerciales y pesqueros en los territorios de la costa africana próxima a Canarias, sobre los que se creían con derechos. La presencia del aventurero escocés George Glas, en la segunda mitad del siglo XVIII, en Puerto Cansado, suponía para España una amenaza para sus pretensiones territoriales en aquella zona. Glas, que conocía muy bien toda la costa atlántica desde el sur de Marruecos hasta el Senegal, decidió que la amplia bahía de Puerto Cansado era el punto ideal, por su cercanía a las islas Canarias orientales, para establecer allí una factoría pesquera comercial, a la que bautizó como Port Hillsborough.

Al igual que hizo en El Río, el brazo de mar que separa La Graciosa de Lanzarote, Glas realizó un minucioso sondeo batimétrico de la bahía de Puerto Cansado, plasmándolo en un detallado plano de toda la zona, en el que figura la situación de la torre de Santa Cruz de la Mar Pequeña.

Tras vencer no pocas dificultades, pues prácticamente era visto por las autoridades españolas como un espía, consiguió construir con mano de obra canaria su Port Hillsborough. Entre tanto, enterados en Madrid de las intenciones de Glas, creyendo que perjudicarían los intereses de la corona, el gobierno dispuso que se observasen todos los planes del escocés, el cual finalmente fue arrestado en Gran Canaria acusado de defraudar a la real Hacienda, y trasladado al castillo de S. Juan (Castillo Negro) de Santa Cruz de Tenerife, donde permaneció prisionero cerca de un año. Mientras, en Puerto Cansado, los maures se amotinaron, mataron a varios ingleses y quemaron el bergantín que los había llevado desde Lanzarote y que les servía de enlace con las islas. La señora Glas, su hija y algunos más, pudieron escaparse del desastre, a bordo de dos lanchas con las que pasaron a Gran Canaria y luego a Tenerife. Para su desgracia, Glas, poco después de ser liberado, murió asesinado junto a su familia a bordo del barco en el que regresaba a su país.

Un siglo después, le ocurría algo parecido al inglés Donald Mackenzie que intuyó, al igual que Glas, la excepcional situación estratégica de aquella zona para instalar un puerto comercial en el que convergieran las caravanas subsaharianas, que venían de Tombuctú cargadas con sus preciados productos. En este caso, el punto elegido fue Cabo Juby y allí, con la tenacidad que caracteriza a los anglosajones, fundó Port Victoria, tras laboriosas conversaciones con el Xej de la región, Ben Beiruk, ya que el sultán de Marruecos había reconocido que Cabo Juby se encontraba fuera de los límites de su imperio. Esto ocurría en 1879, cuando Beiruk le concedió a Mackenzie una franja de la costa de Tarfaya entre Cabo Juby y Punta Stafford. Muy poco duró esta empresa, pues en 1880, aún sin terminar, fueron destruidas parte de sus instalaciones bajo la presión de España y sobre todo de Marruecos.

Nuestra isla de La Graciosa también se vio involucrada en este trasiego, ya que en 1876, curiosamente las mismas fechas en que Mackenzie iniciaba su Port Victoria en Cabo Juby, el rey de España le otorgó al marino y escritor Silva Ferro la concesión de terrenos en la isla para dedicarlos a un establecimiento de salazón y demás operaciones relativas a la pesca en la vecina costa africana. Para ello se creó la “Sociedad de Pesquerías Canario-Africanas”. Como en anteriores ocasiones, en las que se había escogido a La Graciosa para la instalación de factorías pesqueras, incluso una con capital norteamericano, la empresa fracasó, sin haber siquiera empezado a funcionar del todo. Pero sirvió para que los trabajadores, de Lanzarote fundamentalmente, se instalaran definitivamente en los barracones allí construidos para la factoría. Así nació la primera población estable de la isla: Caleta del Sebo.

Los pescadores canarios, pioneros en el sur del Sáhara

Nos dice Pérez del Toro, en su tratado sobre las pesquerías en Africa (1881): “Los riquísimos bancos de pesca que explotan los canarios en las pobres condiciones que más adelante se verán, se extienden a lo largo de la costa comprendida entre los confines del imperio de Marruecos, hasta ahora no precisados con bastante claridad, y los del Gran Desierto ó Desierto del Sáhara, en el Sudán. Ocupan una extensión extraordinariamente considerable, tanto que excede de 600 millas…” y continua: “Respecto a las costas del Sáhara, una posesión no interrumpida de muchos siglos, basada en antiquísimos derechos, da sólo a España el privilegio de explotar estas pesquerías, como quieta y pacíficamente lo vienen haciendo los canarios, cuyas embarcaciones recorren toda la extensión de costas indicada, extrayendo una parte insignificante de los inagotables productos que contiene”. Asimismo, resalta en otro apartado: “la casi total ausencia de tempestades en toda la gran extensión de esos mares. Con decir que durante los cuatrocientos años que llevan los buques canarios frecuentando aquellas costas no se ha registrado ni un solo siniestro marino, ni ha habido que lamentar, por efecto de malos tiempos la pérdida de un solo hombre.”

Pero es el célebre y nunca bien ponderado marino y aventurero escocés George Glas –que, como sabemos, recorrió e investigó toda esa costa y también nuestro archipiélago, plasmando sus conocimientos en el libro publicado en Londres (1764): “A description of the Canary Islands, including the modern history of the inhabitants…”- quien mejor y más temprano recogió el testimonio de la azarosa vida de nuestros pescadores:

“El número de barcos empleado en la pesca de la costa de Berbería es de 30; tienen de 15 a 50 toneladas de capacidad; el más pequeño tiene una tripulación de quince hombres y el mayor de cincuenta. Están construidos en las islas y tripulados por los isleños.”

Glas resalta en varias ocasiones las excelencias del Banco Canario – Sahariano, comparándolo, en cuanto a la calidad del pescado, al de Terranova, pero al que supera en todas las demás características: abundancia de especies de interés comercial, temperatura, clima y buen tiempo. El viajero escocés llega a decir: “La combinación de todas esas circunstancias hace que se puedan considerar como las mejores pesquerías del mundo“, opinión también sostenida por otros estudiosos del tema como Berthelot que, al compararlas con las de Terranova, comenta: “La cantidad de pescado cogido por un canario en las costas del Sáhara es equivalente al cogido por 26 hombres en Terranova. Y sin embargo, ni los pescadores del país, ni los comerciantes de estas islas, han tratado de obtener ventajas de este inmenso campo de riqueza, quedando satisfechos con limitar su industria exclusivamente a las necesidades del consumo local.”

La preparación del barco

Volviendo a la descripción de Glas:

“El método de preparar una barca para la pesca en el Sáhara es el siguiente: Los dueños proporcionan un barco para el viaje y llevan a bordo la cantidad suficiente de sal para curar el pescado, con pan (gofio) bastante para la tripulación durante todo el viaje. Cada hombre lleva su propio aparejo, que consiste en unas cuantas liñas, anzuelos, un alambre de cobre, un cuchillo para abrir el pescado y una o dos fuertes cañas de pesca. Si alguien de la tripulación lleva vino, aguardiente, vinagre, pimientas, cebollas, etc., debe ser por su cuenta, pues los dueños no proporcionan sino gofio.”

Con respecto a su vestimenta nos comenta Berthelot: “Los pescadores canarios no tienen por qué precaverse contra la intemperie de aquellos parajes; vestidos a la ligera, con una camisa de algodón y un simple calzoncillo de tela, pueden trabajar sin que nada les incomode. Las playas arenales del Gran Desierto han cesado de ser para ellos inhospitalarias y desde hace tres siglos se aventuran alegremente sobre aquellas costas que les proporcionan la subsistencia.”

La temporada de pesca

Continua relatando Glas: “Esta pesquería está limitada al norte por la extremidad sur del Monte Atlas, o por la latitud 30 grados norte; y por el sur, por Cabo Blanco, latitud de 20 grados 30 minutos norte; en esta larga extensión no hay ninguna ciudad, pueblo, ni lugar habitado; las naves del rey de Marruecos jamás se aventuran tan al sur, por lo que los canarios nada han de temer por aquella parte.

En primavera los pescadores siguen la costa hacia el norte, pero en otoño y en invierno, hacia el sur; pues durante la primavera, los peces frecuentan la costa hacia el norte, y más adelante bajan poco a poco hacia el sur, a lo largo de la costa.”

Observamos que esta estacionalidad de la pesca está íntimamente relacionada con las migraciones de los peces pelágicos (atunes y otros) provocadas por el fenómeno, también estacional, del up-welling que explicaremos más adelante.

La carnada y el pescado

“La primera cosa que hacen los pescadores cuando llegan a la costa es pescar carnada… la caña es tres veces más gruesa que la nuestra y no disminuye tanto hacia la punta. La liña o sedal está formada por seis finos alambres de metal, retorcidos; el anzuelo tiene unas cinco pulgadas de largo y no está barbado; … después, saliendo hasta un cuarto o media milla de la costa, izan tantas velas como para que el barco navegue a unas cuatro millas por hora, lanzando entonces dos o tres hombres sus liñas por encima de la popa, dejando que los anzuelos afloren a la superficie del agua: los peces, tomando los anzuelos por peces más pequeños, los mordisquean, y cuando quedan enganchados, los pescadores los traen a los barcos con sus cañas. A este pescado los canarios lo llaman tasarte; no tiene escamas y tiene la forma de las caballas, pero son tan grandes como los salmones; son excesivamente voraces y se tragan todo el anzuelo… he visto a tres hombres en la popa de un barco capturando ciento cinco tasartes en media hora. Ocurre a veces que un barco complete su carga con este pescado solamente.

De la misma manera se captura otra clase de pescado que estas gentes llaman anjova; este es algo mayor que una gran caballa y sirve lo mismo que el tasarte como carnada… cuando el barco ha conseguido suficiente cantidad de carnada, deja su bote con cinco o seis hombres para capturar tasarte y anjova y se dirige mar adentro a gran distancia, hasta que alcanza profundidades de quince, veinte, treinta, cuarenta o quizás cincuenta o sesenta brazas, en donde ancla, y toda la tripulación lanza sus liñas y anzuelos por la borda, cebados con tasarte y anjova, etc., y pescan samas, o sargos como los llamamos nosotros, y cherne, o abadejo, o bacalao.

La vida a bordo

Cuando una barca tiene la suerte de encontrar buen tiempo y va bien provista de carnada, puede llegar a completar toda su carga en cuatro días. Pero como los alisios o los vientos del nordeste soplan vigorosos en aquella costa, los barcos sólo anclan en alta mar hacia mediodía, cuando se produce una calma entre la brisa de tierra y la del mar; y cuando esta última empieza a soplar fuertemente, levan sus anclas, corren hacia tierra y fondean en alguna bahía, o al abrigo de algún promontorio y luego la tripulación se pone a trabajar, a limpiar y salar el pescado que capturaron aquel día; cuando esto ya está hecho suelen ser cerca de las cinco o las seis de la tarde, momento en que van a comer o cenar, pues sólo hacen una comida al día, la cual cocinan como sigue: en cada barco la tripulación pone una larga piedra aplastada como hogar en el suelo, en donde encienden un fuego y cuelgan una olla sobre el mismo, en la que cuecen algo de pescado; luego cogen una fuente y ponen en ella algunas galletas rotas, con cebollas desmenuzadas, añadiendo a esto un poco de pimienta y de vinagre, y vertiendo todo en el caldo del pescado; no hay sopa ni caldo más delicioso que éste. Después terminan la comida con pescado asado, pues tiran el pescado hervido al mar.

Poco después de esta colación, cada hombre busca el lugar más cómodo para dormir, pues no se usan camas en estos barcos. Alrededor de las cinco o seis de la mañana se levantan, dejan el bote cerca de la costa, levan anclas y se quedan en alta mar como anteriormente, y no toman ningún alimento antes de la misma hora que la tarde anterior. Nadie que conozca la labor, la fatiga, el frío y el calor que estos pescadores pasan, acusará jamás a los canarios de pereza.

El método para curar el pescado es como sigue: lo abren, lo limpian y lo lavan completamente, les cortan las cabezas y las aletas y los amontonan para escurrirles el agua; después de lo cual los salan y los almacenan en grandes cantidades a granel en la bodega. Pero como no hacen como los franceses que pescan en los bancos de Terranova, que vuelven a salar por segunda vez, sus pescados no se conservan más allá de seis semanas a dos meses.”

Después de este relato tan detallado de la azarosa vida de los pescadores canarios a bordo de sus pequeños barcos de vela y de su manera de pescar, Glas también nos describe su modo de navegar y, sobre todo, el regreso a las islas:

La manera de navegar. El regreso a las islas

“Como estos barcos unas pocas veces van a pescar en alguna parte de la costa de Berbería a barlovento de las islas, y se ven obligados a barloventear contra los fuertes vientos del norte que casi continuamente prevalecen allí, están construidos de tal manera que pueden soportar un buen viento, como se dice en lenguaje marino, siendo muy afilados de proa y de popa, y amplios y aplastados en el centro. Están aparejados como bergantines… He conocido estos barcos barloventear desde Cabo Blanco a Gran Canaria en 12 días, aunque la distancia es más de 400 millas. Su manera de barloventear es como sigue: levan anclas hacia las 6 ó 7 de la mañana, y se mantienen en alta mar, con el terral, hasta el mediodía, cuando viran hacia tierra con la brisa marina; cuando llegan cerca, o bien anclan para pasar la noche o navegan en zig-zag en pequeñas viradas hasta el alba, en que se lanzan a alta mar hasta medio día, como anteriormente. La diferencia entre el terral y la brisa del mar en esta costa es generalmente de 4 puntos y ambos soplan fuertemente en las velas. Cuando llegan a 10 ó 15 leguas a barlovento de Cabo Bojador, se dirigen hacia la isla de Gran Canaria: si ocurre que el viento es del nordeste, alcanzan el puerto de Gando, en el sudeste de aquella isla; pero si el viento es norte-cuarta-nordeste, sólo alcanzan las calmas, en las que se meten, y allí encuentran pronto un viento sudoeste que los lleva cerca de Gran Canaria, desde donde la mayor parte de ellos se dirigen a Santa Cruz de Tenerife y Puerto de la Orotava, para soltar sus cargas; el resto va a Las Palmas, en Canaria y Santa Cruz, en la isla de La Palma.”

Todo esto puede parecer una proeza a la vista de la precariedad de los medios con que contaban nuestros pescadores. Así lo comenta Berthelot: “Sus embarcaciones de pesca carecen de lo más necesario; su equipo de navegar está reducido a las cosas más indispensables, la mayor parte ni siquiera tienen bitácora; el patrón se provee de una brújula de mala apariencia, que guarda en uno de los baúles de su camarote; por la noche el timonel se guía por las estrellas y solamente cuando el tiempo está cubierto, manda consultar el instrumento abandonado. Las jarcias y cabullería de maniobra de esos barcos está generalmente en estado lastimoso y, a pesar de este abandono, cuando llega el momento, la tripulación está siempre dispuesta para la maniobra y sabe crearse recursos inesperados. Tienen estos hombres de mar un instinto providencial que los guía y los hace adivinar todos los cambios en la navegación; la íntima seguridad que tienen en sí mismos produce en ellos ese abandono que les caracteriza.”

Una vez en tierra, descargada la pesca y vendido el pescado, el reparto era el siguiente: La cantidad neta, una vez deducido el gasto de la sal y el gofio, se dividía en partes. Una parte se entregaba al propietario del barco, el resto se repartía entre la tripulación según sus méritos: los pescadores veteranos una parte, los jóvenes, los de tierra o los novatos, media parte o un cuarto, de acuerdo a sus habilidades, y el patrón o capitán, una parte, más otra que le dan los dueños por cuidar del barco.

Las relaciones en la costa

A continuación resalta Glas un hecho del que se quejan también otros autores de los siglos XVIII y XIX, obedeciendo, con toda probabilidad, a los intereses político-coloniales de España: “En vez de estimular este muy útil y provechoso sector comercial, los magistrados en estas islas adoptan todos los medios para perjudicarlo; pues de manera muy poco política fijan un precio al pescado y cargan su comercio con derechos disparatados y poco razonables, impidiendo además a los pescadores que tengan cualquier trato con los moros a cuyas costas van a pescar, lo cual constituye una grave injusticia , ya que se ven a menudo obligados, debido al mal tiempo, a arribar a la costa para repostar agua y madera (combustible). Sin embargo, privadamente tratan con ellos en beneficio mutuo; pues los canarios dan a los habitantes del desierto viejas cuerdas, que estos últimos destuercen y después hilan en hebras o en bramantes, para fabricar redes para pescar; también les dan pan (gofio), cebollas, papas y frutas de diferentes clases, a cambio de lo cual los moros les dejan coger agua y madera en su costa, siempre que les hagan falta estos productos tan necesarios, y les regalan huevos de avestruz y plumas.”

Alvarez Rixo, nuestro paisano, buen conocedor del tema, nos dice al respecto: “Con estos “moros mansos” la coexistencia y el intercambio resultaba posible. De ellos se podía obtener cera, miel, sebo, pieles, animales, lana y orchilla… Pero los pescadores canarios al llegar a las islas tenían que ocultar los productos intercambiados para no alborotar a las autoridades”, como si se tratara de contrabando.

Fruto de esos contactos y del buen conocimiento que tenían los pescadores canarios de todos los accidentes de la costa que frecuentaban, son los numerosos topónimos que nuestros compatriotas han legado a los derroteros y que salpicaban todo ese litoral: Boca del Río, Malillos, Médanos y tantos otros.

Los zenagas

Las gentes que habitaban las costas del Sáhara, en los siglos pasados y probablemente desde tiempo inmemorial, eran bereberes zenagas, que ya desde los siglos anteriores estaban brutalmente sometidos por las tribus guerreras árabes hassanies. Esta presión los ha hecho emigrar hacia el sur hasta quedar relegados en la actualidad a pequeñas poblaciones berberófonas relícticas en la costa sur de Mauritania y norte de Senegal, en la desembocadura de este río, conocida como la “Langue de Berberie”. El propio nombre del río y del país, Senegal, deriva por corrupción del etnónimo bereber zenaga. Marcy observó características fonéticas de su lengua que la aproximan a los lenguajes canarios, más que otros dialectos bereberes, al igual que sus inscripciones rupestres que, según dicho autor, son análogas a los grabados alfabetiformes de El Hierro. Debemos tener en cuenta que esta población zenaga se extendía mucho más al norte, hasta el mismo Sus, cuando a comienzos del siglo XV los árabes hassaníes los rechazaron hacia el sur. En aquellos momentos enlazaban con los cheljas del Sus. Tampoco debemos olvidar que esa fue la época del comienzo de la conquista de Lanzarote y Fuerteventura.

Pero quien mejor los describe es el viajero portugués Valentím Fernándes, a finales del siglo XV, que se refería a los zenagas como un pueblo de tradición sedentaria y pescadora, de barbas abundantes y vestidos con pieles. A Serra Rafols estos rasgos le hacían recordar a los guanches y, según él, con los rudimentarios bateles que poseían -vivían del mar en los bancos del antiguo Sáhara Español- sus remotas generaciones habrían abordado con ellos las islas Canarias.

Valentím Fernándes nos describe así sus rudimentarias embarcaciones:

“Sus bateles tienen cinco palos de “higuera del infierno” (tabaiba) secos, a saber: uno de braza y media de largo (2,6 m) y así los dos en cada costado de dos palmos menos (2,10 m) y estos tres van atados con cuerdas de las dichas redes y quedan por detrás los tres iguales y por delante sale el de en medio más, que es más largo. Entonces atan otros dos palos de seis palmos (~ 1,20 m) a sus costados, bien apretados. En medio de estos palos ponen sus redes, o la mujer e hijos, o cualquier cosa que quieren llevar, y él detrás en aquellos tres que salen más, con las piernas de dentro hacia el más largo. Y en cada mano traen una tablilla de palmo y medio (0,30 m) de largura y medio palmo (0,10 m) en ancho, con que reman. Y los que van en la barca van con agua por encima de las rodillas y así van y no se ahogan. Y de esta manera atraviesan cualquier golfo de aquellas marismas (se refiere al Banco de Arguin), 12 leguas, y también corren así toda la costa. Cuando están en tierra, luego ponen su barca al sol para que se seque y sea más ligera”.

Podríamos pensar en este tipo de embarcaciones a la hora de plantear una posible primitiva arribada “de fortuna” a las islas orientales, de pobladores procedentes de Tarfaya.

El cárabo

Muchos historiadores han hecho referencia a una clase de embarcación atípica, utilizada desde antiguo en la costa atlántica marroquí. Se trata del cárabo, corrupción del nombre local agherrabu con que la conocen los pescadores del sur de Marruecos.

El cárabo es descrito por Laoust como una embarcación de dos proas, ligera de costillaje y tablazón, delgada, elástica y fácil de varar. Dicho autor, después de hacer una exhaustiva descripción de las características de estos barcos, su ornamentación y los nombres (la mayoría bereberes) de todos sus componentes, acaba diciendo: “El agherrabu (cárabo) es el verdadero barco de pesca de los Chleuh (bereberes del Sus marroquí). Con este nombre es conocido desde Cabo Juby hasta Safi. El término ha podido derivar del griego karabos o del latín carabus. También presenta analogía con el qareb (árabe) utilizado en los puertos de Rabat y Casablanca.” A E. Serra le recordaba a otra embarcación antigua y ligera, también de dos proas: la utilizada por los vikingos (creemos que se refería al snekkar, de menor porte que el drakkar, pues este podía medir hasta 45 m de eslora). Pero Serra pensaba que los antecedentes de los humildes cárabos no estaban en los barcos nórdicos, sino que hay que buscarlos en los antiguos buques fenicios y púnicos que, según él -sobre todo los de pequeño porte y poco calado, utilizados para la pesca- fueron dejados en estas costas, escasas en madera, en donde una embarcación ligera, manejable y de poco consumo de madera era muy útil. También creía Serra que las naves gaditanas de la antigüedad debían ser de este tipo. Este autor nos dice finalmente: “Nada más verosímil que estos cárabos abordasen en más de una ocasión alguna de las islas Canarias, especialmente las orientales, y acaso ellos sean los responsables de alguna o de algunas de las aculturaciones superpuestas en el conjunto cultural que se halló en este archipiélago, en el momento de la conquista europea.”

En cualquier caso, creemos que este tipo de embarcaciones no tienen nada que ver con las “balsas” de los zenagas mencionadas anteriormente, mucho más rudimentarias y sólo aptas para navegar en aguas tranquilas y poco profundas, como las del Banco de Arguín.

Canarios en Mauritania. Los Imraguen

Ya hemos hablado de las pesquerías canarias más allá de Cabo Blanco, las cuales vienen frecuentando nuestros paisanos, sobre todo a partir del siglo XVIII. Las escasas poblaciones costeras que habitan en el bajo litoral de la Bahía del Galgo y del Banco de Arguin, esto es, desde Cabo Blanco hasta Cabo Timiris (ó Mirik) en Mauritania, han sido siempre sometidas por los guerreros nómadas árabes conocidos como hassaníes. Estos beduinos del interior nunca han explotado las riquísimas aguas de Arguin, pero se han asegurado la sumisión de pequeños clanes de pescadores, de origen bereber y negroide llamados Imraguen, que explotan desde hace mucho tiempo algunos puntos de aquellas costas.

El etnógrafo inglés J. Robin, en un magnífico artículo publicado en 1955 por la Royal Geographical Society de Londres, titulado “Moors and Canary Islanders on the coast of the Western Sahara”, nos da todo tipo de detalles sobre las relaciones pesqueras entre los canarios y los imraguen. Este autor, al igual que otros que le precedieron, como Glas, Berthelot y Perez del Toro, resaltan las excelencias pesqueras de las aguas del Sahara Occidental, especialmente las comprendidas entre los paralelos 19º y 24 º N, y las colocan entre las más ricas del mundo.

Up-Welling

Sabemos que la principal causa de la gran biodiversidad y extraordinaria riqueza pesquera de este mar se debe a un fenómeno oceanográfico estacional conocido como “Up-Welling o Afloramiento”, cuyo mecanismo, muy resumido, es el siguiente: las aguas profundas, y cargadas de nutrientes (sales minerales) de la corriente fría de Canarias, al tropezar con el talud continental africano ascienden, también favorecidas por el desplazamiento lateral del agua superficial a causa de los fuertes vientos alisios del Nordeste. Los alisios suelen cobrar intensidad durante la primavera y el verano, por eso el up-welling es estacional. En esa época se puede observar claramente la tonalidad verde del agua del mar cuando se navega por esas latitudes, que contrastan con el azul intenso de las aguas del Sáhara frente a Canarias. En esta dinámica interviene como factor importante la luz, pues en las épocas de up-welling hay un gran desarrollo del plancton vegetal (fitoplancton) en la zona fótica, hasta donde penetra la luz, que se alimenta de los nutrientes aportados por las aguas frías que ascienden. El ciclo de la cadena alimentaria (trófica) lo completan el plancton animal (zooplancton) que se come al fitoplancton, los peces pequeños e invertebrados que se alimentan de éste y, finalmente, los peces grandes que se comen a los pequeños y el gran depredador, vértice de la pirámide, que arrasa con todo: el hombre. Podemos asegurar, con certeza, que la riqueza de las aguas mauritanas radica en el up-welling. La importancia de este fenómeno es inimaginable, puesto que las 5 zonas de up-welling que existen en nuestro planeta, no ocupan más que el 1% de la superficie de los océanos y, sin embargo, aseguran el 50% del tonelaje de la pesca mundial.

J. Robin también nos dice: “Las aguas de la Bahía del Galgo y del Banco de Arguín son frecuentadas desde hace mucho tiempo por las flotillas de pesca del archipiélago de las Canarias, y particularmente por los marinos de Lanzarote, Fuerte-Ventura (sic) y Gran Canaria. Este dominio atlántico es, por lo tanto, el teatro, varias veces secular, del encuentro de dos poblaciones, de dos lenguas, de dos civilizaciones y, finalmente, de dos técnicas profundamente diferentes.

La técnica de los pescadores canarios es muy vecina de las utilizadas en las costas europeas del Atlántico. La más tradicional comporta el uso de grandes embarcaciones a vela, goletas, “dundees” y balandros, provistos de anexos o lanchas, comparables a los “doris” utilizados antiguamente en el Banco de Terranova, y el empleo de liñas de fondo o grandes redes rectas, de malla variable, según la especie de pescado que se quiere capturar. El objetivo perseguido es la captura, con redes, de los bancos de corvinas, de bonitos o de lisas; o, a la liña, samas y chernes; estos peces son capturados por las embarcaciones anexas (lanchas) a la embarcación madre (goleta), a bordo de la cual son cortados y salados para luego ser transportados a las Canarias; allí son tratados por desecación y vendidos en los mercados con los nombres de corvinas y de bacalao.”

En cuanto a la técnica inmemorial de los Imraguen, se encuentra su primera descripción en la relación de Valentím Fernándes (1506-1507), cuya traducción bajo el título “Descripción de la Costa de Africa de Ceuta al Senegal” se le debemos a P. de Cenival y a Th. Monod:

“Las redes con las cuales pescan los azanegues “schirmeyros” son de hilo hecho con raíces y corteza de árboles. Alcanzan una braza de ancho por cinco de largo. Ellos las enrollan sobre un grueso palo con dos puntas y del tamaño de un bordón. Los flotadores de esta red son de trozos de madera de “Figueyra do inferno” (que es la tabaiba dulce, Euphorbia balsamifera) que ellos llaman “afernan”. La planta de la que hacen las redes es una Asclepiadácea (Leptadenia spartum) conocida por ellos como “titarek”. La plomada de la red se compone de bolas de arcilla cocida, secadas en ceniza caliente, y perforadas.”

“Para pescar, van de dos en dos, cada uno llevando su red enrollada en su palo. Queriendo pescar, juntan el uno al otro sus redes y, desde que ellos han apercibido los peces, avanzan cada uno de su lado, dejando poco a poco caer la red de los palos entre ellos, hasta el momento en que alcanzan la orilla y se juntan. Todo esto sucede en agua poco profunda, que no les llega sino hasta las rodillas, y en el momento de más calor del día, puesto que los peces están como atontados por el calor del agua. Ellos llevan en la mano derecha su arpón para arponear los peces que quieren franquear la red saltando al aire. Es así como ellos practican la pesca.”

Continua diciendo Valentim Fernándes: “… son tan pobres y tan miserables que no tienen ni pan, ni aceite, ni madera para quemar, ni sal, ni nada. Para preparar su comida, reúnen algas y les prenden fuego, poniendo el pescado que capturan en la parte inferior de este fuego, lo asan y se lo comen así, sin añadirle ningún otro ingrediente. Es la misma manera con que se comen las tortugas…”

“…están tan oprimidos por los alarbes que (cuando llegan a sus campamentos a exigirles tributo) se comen todo lo que encuentran y se acuestan con sus mujeres y sus hijas en sus propios hogares.”

La pesca con delfines

El relato de V. Fernandes a comienzos del siglo XVI sobre la manera de pescar de los azanegues en Arguin, se diferencia muy poco de lo que sucede en la actualidad con los imraguen, cuando llega la época de la pesca (de octubre a marzo) de la gran lisa amarilla (80-100 cm), que acude allí por millares durante su migración al Sur. Esta especie es muy valorada por los maures tanto por su carne (tichtar) como por sus huevas (que exportan como poutargue), las cuales secan al sol a la manera de las jareas canarias. De las cabezas extraen un aceite muy apreciado, que utilizan para todo.

La única diferencia estriba en los materiales utilizados ahora en las redes de pesca: las fibras vegetales de la malla (titarek), los flotadores de tabaiba (afernan) y los pesos de arcilla cocida, están siendo sustituidos paulatinamente por materiales sintéticos modernos. Pero hay otra novedad interesante que, aunque V. Fernándes no la incluyera en su relato, no podemos descartar que existiera en aquella época, incluso mucho antes. Se trata de un extraordinario hecho de colaboración entre animales y el hombre con el fin de obtener un beneficio mutuo: la comida. Los delfines acuden a la orilla cercando los bancos de lisas, respondiendo también a la llamada de los imraguen cuando golpean el mar con sus gruesos palos. Es este un claro ejemplo de simbiosis entre el hombre y el animal, digno de un profundo estudio etológico. Aunque muchos autores piensan que se trata de una asociación puntual, más que de una verdadera cooperación.

Volviendo al fantástico escenario, los imraguen con sus redes desplegadas y con el agua por las rodillas, forman una barrera y van encerrando al pescado en varios círculos de redes y, mientras, los delfines por el otro lado comiendo todo lo que pueden. El espectáculo es impresionante, centenares de enormes lisas tratando de escapar, saltando sobre las redes en todos los sentidos… Después de la euforia viene la calma, las redes están llenas. Los pescadores, contentos con su captura la llevan a la playa para que las mujeres y los niños comiencen su trabajo… Una vez descabezado el pescado, se abre, se le cortan las aletas, se lava y se pone a secar al aire, sin sal. Ya tienen sustento hasta la próxima temporada.

“Ese “modus vivendi” concurrente entre las actividades de los pescadores canarios y mauritanos, parece que se debió establecer de manera tácita por las dos partes para respetar una línea divisoria ideal, que correspondería, aproximadamente, a la isóbata situada a –1,60 m de profundidad, la cual delimitaría los fondos de pesca explotables según la técnica de los imraguen, de los más profundos que podían explotar los canarios”, y añade J. Robin:

“A pesar de que a veces esos acuerdos fueron violados y llegaron incluso hasta las armas, las relaciones se desarrollaron de forma pacífica. Los marinos Canarios tenían necesidad de tocar tierra para reparar sus redes y barcos y abastecerse de agua dulce en todas estas costas carentes de ella, con la excepción de la isla de Arguín”. Sabemos que los portugueses se habían fortificado allí desde el siglo XV con el fin de controlar la pesca y el comercio con las caravanas que recalaban por esa zona. La isla de Arguín es conocida por algunos como Cerne, localizando allí la antigua colonia púnica. En mi opinión, parece como si los portugueses, en su época de expansión oceánica, fueran siguiendo los pasos de los fenicios en sus descubrimientos y establecimiento de colonias en la costa. Puede ser casualidad, o puede que tuviesen algún conocimiento de las rutas por documentos antiguos. En cualquier caso, esta pequeña isla tuvo un alto valor estratégico que se disputaron portugueses, holandeses, ingleses y franceses durante siglos. Los grandes aljibes que aún se conservan allí pueden abastecer de agua potable a una población numerosa.

“Los canarios fueron a menudo autorizados a desembarcar por ciertas tribus maures a cambio de una compensación pagable en pescado y en gofio. Algunos de estos acuerdos persisten en nuestros días y perpetúan los lazos anudados en el pasado entre ciertas poblaciones maures, especialmente los Ahel Laghzel o los Barikallah, y ciertas familias de pescadores canarios.”

Así continuaron las cosas hasta que, en 1905 a raíz de la misión del científico Profesor Gruvel, la administración francesa decidió la creación en la Bahía del Galgo de un puesto militar y de una estación de pesca provistos de aparatos para destilación del agua del mar. Así es como nació la villa de Port-Etienne, que tendría más tarde fuertes repercusiones políticas y económicas y contribuiría a instaurar el clima favorable a contactos más continuos y fecundos entre mauritanos y canarios. El impulso económico vino de la mano de la instalación allí de industrias, para salar y secar el pescado, dedicadas a la exportación, proceso que culminaría con la creación, en 1921, de la “Societé Industrielle de la Grande Peche”. Esta Sociedad disponía de una flotilla cuyos cuadros, a excepción de algunos franceses, estaban constituidos por patrones y marinos canarios, con los cuales se tuvo la prudencia de mezclar indígenas para proceder así a la formación profesional.

A pesar de los avatares provocados por la 2ª Guerra Mundial, continuaron las relaciones canario-mauritanas, aunque en condiciones diferentes. El fin de la guerra provocó en Port-Etienne una renovada actividad, marcada por la instalación de modernas industrias. Y fue en 1951 cuando se fundó una nueva empresa oficial, la “Societé Indigène de Prévoyance de la Baie du Lévrier”, organismo de ayuda mutua al cual se podían adherir todos los habitantes indígenas de la circunscripción y cuyo principal papel fue el de funcionar como una caja de crédito marítimo. Así, todo socio deseoso de adquirir de un vendedor canario una embarcación de pequeño tonelaje (lancha o balandro), para su propio uso, recibía de la Sociedad el avance de dinero necesario, obligándose a reembolsarlo, aumentado por un pequeño interés, en un plazo de dos años, sobre el producto de la pesca. También se ocupaba la Sociedad, con el concurso de un carpintero de ribera especializado, del carenado y reparaciones de las lanchas de sus socios, a título oneroso. Las embarcaciones así adquiridas fueron empleadas de diferente manera según perteneciera su propietario a una comunidad tradicional de Imraguen o fuese deseoso de adoptar la técnica de los pescadores canarios. Esta última opción es la que siguieron los guerreros nómadas hassanies.

Como hemos visto, los Imraguen continuaron hasta hace pocas décadas con su técnica tradicional en materia de pesca, utilizando sus embarcaciones para la comunicación entre sus campamentos: Arguin, Islas de Tidra y Serenni, Cabo Timiris, Iwick, etc., y Port-Etienne, donde se encontraba el principal mercado, transportando en un sentido el pescado y otros productos de la pesca que ellos querían vender, y del otro las mercancías y agua potable destinadas a su consumo, que compran en la villa.

“En el caso de los que compraron los barcos para utilizarlos en la pesca, vemos que de nuevo intervinieron los canarios. Generalmente, las primeras tripulaciones de las lanchas compradas con el concurso de la Societé de Prévoyance eran mixtas. El nuevo armador mauritano embarcaba, al menos, un marino canario, del cual aprenderían el arte de navegar a vela (latina), el mantenimiento de la embarcación, el uso de la liña de fondo, las redes, así como todo lo referente a la preparación del pescado: descabezarlo, abrirlo, limpiarlo, salarlo, almacenarlo, etc. La retribución de cada uno se hacía “a la parte de la pesca” siguiendo el tipo de contrato de aplicación vigente en el país. La parte de los canarios era aumentada por una prima que el patrón mauritano utilizaba para conservar la colaboración de su partenaire.”

Para poder valorar lo que fue el progreso de la implantación de las pesquerías canarias en el Sáhara y Mauritania basta comparar las cifras que daba Glas a mediados del siglo XVIII: 30 barcos de vela y 700 hombres, con las proporcionadas por Robin doscientos años más tarde (1955): “Alrededor de 3000 marinos canarios frecuentan de manera estacionaria la Bahía del Galgo y el Banco de Arguin a bordo de una flotilla modernizada, y en su mayor parte motorizada, tienen en Port-Etienne (hoy Nouadhibou) su puerto de atraque y fondeo, donde se ha establecido una pequeña base constituida por canarios inmigrados. Así, estos pescadores valerosos han acabado por obtener pacíficamente sus derechos de ciudadanía sobre esta tierra sahariana que le había sido tanto tiempo hostil. Varias decenas de pequeñas unidades, balandros y lanchas, ya no abandonarán más esos parajes y ahora tienen un lugar apreciable en la economía local.”

Nuestra experiencia de tres décadas en estas costas nos ha servido para confirmar algunas de las cosas que aquí se dicen. Muchas conversaciones hemos tenido con los pescadores del sur de Marruecos (en la zona de Cabo Guir), del Sáhara (cuando estuvimos en Puerto Cansado sobre la torre de Santa Cruz de la Mar Pequeña), de Tarfaya (nos comentaban que ellos, a veces, ven las montañas de Fuerteventura y que conocían el dicho: “De Tuineje a Berbería se va y se viene en un día”), y de Mauritania, donde nos hablaban con nostalgia los imraguen de las estrechas relaciones que sus abuelos tuvieron con nuestros pescadores. Allí nos enseñaron (y navegamos en ellas a vela latina) algunas de las viejas lanchas canarias que aún conservan. En todas esas ocasiones me invadía esa extraña sensación indefinible, mezcla de memoria histórica y orgullo.

Reflexión final

Con la llegada del siglo XX y los barcos de vapor, comienza el declive de las pesquerías canarias tradicionales. Si bien hemos visto que a mediados de los años 50 del pasado siglo, la flotilla canaria que operaba en Mauritania había intentado modernizarse, y alcanzar un cierto grado de desarrollo las pesquerías en aquella zona, no fue suficiente para competir con la tecnología punta de las potentes flotas europeas y asiáticas que, cada vez más, iban imponiendo su ley en unas aguas en las que durante siglos estuvimos prácticamente solos.

La vergonzosa cesión del Sáhara a Marruecos en 1975 significó la puntilla a una situación decadente e insostenible. A partir de ahí, las cosas fueron empeorando y ni siquiera el tan cacareado Plan de Desarrollo Pesquero para Canarias propuesto por el gobierno de Suárez, supuso mejoría alguna, pues los 10.000 millones de la época para reconvertir la flota canaria, no se vieron por ninguna parte (en realidad sí se vieron en Galicia). Se ve que España no tenía demasiado interés de que esto sucediera, ni de que se desarrollara la ley del 78 para delimitar nuestras aguas de la Zona Económica Exclusiva, como sí lo hizo Portugal por esas mismas fechas, con Azores y Madeira. No había voluntad política y sobre todo se temía, y se teme, alterar las delicadas relaciones con Marruecos.

Así han continuado las cosas hasta nuestros días, tiempo en el que hemos visto desaparecer las industrias canarias conserveras y derivadas de la pesca, la flota canaria amarrada en puerto, y a punto de ir al desguace los últimos barquitos de Lanzarote….

Ante esta crítica situación nosotros nos preguntamos si hay razones para que los canarios tengamos que estar mendigando ante las instancias españolas y europeas sobre un derecho que nos asiste y que la Historia nos otorga. Como ya hemos visto, nos hemos ganado a pulso, con sudor y sangre, el que una de las principales y más ricas pesquerías del mundo lleve el nombre de Banco Canario-Sahariano. Y que España no olvide que las posesiones que un día tuvo en esta región del Atlántico africano las consiguió, en gran parte, gracias a Canarias y a los canarios. La última palabra no está dicha.

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