miércoles, 21 de marzo de 2012

El gallego que fundó El Aaiún

Alberto Vázquez Figueroa llegó al Sáhara en 1950, siendo un niño. Allí conoció a Manuel Rodríguez, que fundó El Aaiún con 100 duros. El escritor recuerda a Mohamed VI que «quien no paga una deuda a un hombre del desierto se arriesga a que el desierto se la cobre»

Alberto Vázquez Figueroa con su tía Fanny
en las proximidades del Cabo Juby, en 1950.
El Aaiún. la más hermosa ciudad del Sáhara fue fundada por un humilde gallego, Manuel Rodríguez Paseiro, que desembarcó como soldado de reemplazo al fuerte militar de Cabo Juby hace ahora unos 70 años, pero que llegó a amar tan profundamente el desierto y a sus gentes, que se quedó allí para siempre, aprendió sus dialectos y acabó por convertirse en el mítico Caíd Manolo, el hombre más querido por las tribus nómadas incluidos los irreductibles tuareg a las que consiguió pacificar sin más ayuda que su profundo amor y comprensión.

Cuentan que el día en que el famoso coronel Bens supo que Manolo había hecho amistad con el Caíd Salah, jefe indiscutible de las facciones aún rebeldes, le preguntó qué se podía hacer para atraérselos sin lucha, a lo que éste respondió:

Desde que las arenas se tragaron la ciudad santa de Smara, lo que más desean es tener otra con un gran zoco al que acudir a comerciar de vez en cuando.

El coronel le pidió entonces que construyera una, y el Caíd Manolo, acompañado del hijo del Caíd Salah, Mohamed, y de su fiel compañero de aventuras, el tuareg Mulay, se pusieron manos a la obra hasta encontrar el viejo cauce de La Sequía El Hamra, un punto idóneo en el que excavar un pozo.

Cuando estuvo terminado, impuso una norma: todo el que quisiera dar de beber a su ganado tenía que traer una piedra y dedicar un día de trabajo a construir el zoco. El té y el azúcar de los descansos los ponía él de su bolsillo.

Cuando tiempo más tarde el capitán general de Canarias acudió a la ceremonia de inauguración de la nueva ciudad, se asombró de la magnitud de cuanto se había hecho, por lo que le pidió a Manolo la cuenta de gastos. Éste escribió en un trozo de papel: «Por el té y el azúcar de la fundación de la ciudad de El Aaiún, 500 pesetas». Quizás el rey Mohamed VI debería pensar en ello cuando desfile sobre un caballo blanco por sus anchas plazas y sus hermosas avenidas.

Años más tarde, el Caíd Manolo vagaba como de costumbre por entre las dunas y los pedregales cuando se tropezó con un hombre perdido, enfermo y sediento. Le preguntó qué hacía allí, tan lejos de todo, y el arriesgado viajero replicó que andaba en busca de la ciudad santa de Smara. Manolo lo cuidó durante toda una semana y, visto que no conseguía disuadirle de su arriesgado empeño, le regaló su mejor camello y le proporcionó algunos buenos consejos sobre la mejor forma de sobrevivir en tan desoladas latitudes.

Tiempo después ese hombre apareció en Agadir asegurando que había encontrado Smara y que había escrito un poema que había guardado en una botella en el interior de la mezquita. A los pocos meses murió a causa de la fatiga y las infinitas calamidades que había padecido durante su loca aventura. Los escépticos, que como es sabido abundan en exceso y no tienen nunca nada mejor que hacer que mostrarse escépticos, pusieron en duda sus aseveraciones, pero Manolo se limitó a preguntar en qué zona había dicho que se encontraba la ciudad. Acompañado como siempre por sus fieles Mohamed Salah y Mulay exploró la región indicada hasta encontrar la mezquita y la botella, por lo que al poco dio a la luz el famoso poema de Videchauge que tal era el nombre del viajero Ver Smara y morir, dejando muy claro que el mérito no era suyo sino del francés.

Smara es, hoy por hoy, la segunda ciudad en importancia del Sáhara, y eso es algo que de igual modo el rey Mohamed VI debería recordar que le debe a un humilde gallego.

La segunda vez que Manolo visitó Smara me llevaba con él. Yo era apenas un chicuelo, y uno de los recuerdos que me quedaron grabados en la memoria para siempre y de esto hace ya más de medio siglo fue el momento en que me deslicé por la ladera de una inmensa duna para ir a penetrar por un ventanuco de la cúpula en la pequeña mezquita en que había estado oculta la famosa botella que guardaba el poema. Fui por lo tanto el primer niño y el segundo europeo que visitó la ciudad.

Por ello me dolería el alma que un día las autoridades de Marruecos me impidieran volver a ella, puesto que si ahora existe es porque quien se ocupó de mí cuando era un pobre huérfano desorientado en un mundo tan diferente al mío se empeñó en que las tribus nómadas de la región recuperasen la mítica ciudad fundada siglos atrás por el no menos mítico Sultán Azul.

Los «delimí» tienen un dicho: «Quien no paga una deuda a un hombre del desierto, se arriesga a que el desierto se la cobre». Y aunque hubiera nacido en A Coruña, Manolo era, ante todo, un hombre del desierto.

Años más tarde regresé al «protectorado», y las dos primeras cosas que hice fueron visitar la mezquita por cuyo ventanuco me había deslizado siendo un niño, y buscar a Mohamed Salah.Cuando su nieto menor me sentó frente a él en la penumbra de su jaima, el anciano comenzó a evocar los largos nomadeos que habíamos realizado en compañía de su ya difunto amigo, para extraer al poco de una vieja caja de tabaco un grueso fajo de sobadas fotografías.

Muy pronto advertí que pese a que jamás se equivocaba al nombrar a cuantos estábamos en ellas, en ocasiones estaba mirando las fotos por el reverso. Y es que el viejo Caíd Salah se había quedado ciego tiempo atrás, pero resultaba evidente que había contemplado tantas veces aquellas fotografías, que conocía, tan sólo por el tacto, cuál era cada una, y quién aparecía en ella. No puedo negar que me conmovió comprender hasta qué punto podía llegar la sincera amistad entre dos hombres nacidos en puntos tan distantes pero que supieron amar durante años las mismas cosas, sacrificarse el uno por el otro, vivir juntos innumerables aventuras, mantenerse fieles a un recuerdo.

El Caíd Salah pagaba cada día su deuda con el hombre del desierto que construyó una ciudad para su pueblo. Por desgracia poco después de mi última visita a la región las cosas cambiaron, ya que llegaron gentes que nada sabían de amistad entre razas y religiones diferentes, de firmes compromisos y de palabras que se cumplían sin necesidad de que mediaran documentos. Se rompieron los lazos que seres como el Caíd Manolo habían dado años de su vida por estrechar, con lo que se traicionó a los hombres del desierto y esa es una deuda que el desierto siempre se ocupa de cobrar. Entraron en escena políticos corruptos que juraron fidelidad a los dos bandos olvidando el viejo dicho beduino que asegura que quien trata de montar al mismo tiempo en dos camellos acaba rodando por los suelos. Y nos empujaron a todos bajo las patas de las bestias cubriendo nuestro buen nombre de excrementos. El esfuerzo de tantos valientes acabó en forma de cuenta secreta en un banco suizo, y ya nadie se acuerda de aquéllos que trabajaron codo con codo noche y día bajo el tórrido calor de La Sequía El Hamra con el fin de perforar un pozo en torno al cual naciera una hermosa ciudad.

Aunque lo cierto es que yo, que tanto admiré a aquellos hombres siendo un niño, puesto que fueron mis maestros en el difícil arte de vivir en «la árida tierra que sólo sirve para cruzarla» que tal es el significado de la palabra Sáhara no me inquieto por ello, porque me consta que tanto el Caíd Manolo, como Mohamed Salah, como el targui Mulay murieron con honor.

Y sabido es que...

«Al Paraíso se puede entrar pobre, enfermo, humilde y sin esposas, puesto que allí reina la abundancia y todo te será concedido generosamente.

Pero al Paraíso nunca se puede entrar sin honor.

El honor es lo único que tienes que traer contigo cuando llegas».

Fuente: El Mundo

El Mariscal de la URSS que guardo españa en su corazon

Rodión Malinovski fue un comandante militar soviético, Mariscal de la Unión Soviética y Ministro de Defensa de la URSS entre 1957 y 1967. Participó en la Primera Guerra Mundial, las guerras civiles en Rusia y España y en la Gran Guerra Patria. Jugó un papel central en la derrota de la Alemania Nazi durante la Batalla de Stalingrado, marcando con su aportación inapreciable en la victoria en la operación 'Wintergewitter' el cambio del desarrollo de la Gran Guerra Partia a favor del Ejército Rojo. Dos veces Héroe de la Unión Soviética, participó en la liberación de Rumanía, Hungría, Austria, Checoslovaquia y en la guerra en Japón. La hija del Mariscal, Natalia Malinovskaya, hispanista, docente de la cátedra de Literatura Extranjera de la Facultad de Filología de la Universidad Estatal de Moscú M.V. Lomonósov, y laureada con premios literarios, habla sobre su brillante padre con la corresponsal de RT Natalia Serdyuk.

Rodión Malinovski participó en la Guerra Civil en España entre 1937–1938. ¿Qué impresión le produjo ese país?

Les contaré sólo una historia que les aclarará la actitud de Rodión Malinovski hacia España. Cuando murió, mi madre trajo a casa sus pocas cosas personales que guardaba en la mesita al lado de la cama en el hospital. En su portamonedas encontramos dos cosas: la fotografía de mi madre conmigo en brazos y su salvoconducto que recibió en Madrid en 1937. Eso significa que trasladaba ese salvoconducto de un portamonedas a otro y así continuó durante toda su vida. Creo que no hacen falta más comentarios...

¿Cómo evalúa usted la participación del pueblo soviético en la Guerra Civil de España?

Una vez me trajeron el catálogo de una exposición española. En la cubierta se encontraba la imagen de Iósif Stalin. Al mirar más atentamente la foto vi que se componía de una especie de mosaico de imágenes de los participantes en la Guerra Civil española. En aquel entonces me sentí mal. Entiendo que es nada más que un truco impresionante del diseñador, una paráfrasis en el tema de la historia que quería enseñar quién se encontraba detrás de aquellos soldados soviéticos que luchaban en España. No es verdad. Ellos hacían su propia causa muy justa y muy digna. Se daban cuenta de que empezaba algo muy serio en la situación mundial. La sombra del año 1933 en Alemania se sentía en aquel momento en España y les fue claro que si no la detenían, algo horroroso ocurriría con la humanidad. Allí luchaban personas de diferentes puntos de vista, diferentes religiones, etc. Orwell, el Coronel Malinó (como llamaban a mi padre, Rodión Malinovski), Świerczewski, nuestra emigración de la primera oleada del Ejército Blanco y otros.



Hacían su propia causa sinceramente, por eso quisiera que esta noble misión de los que llegaron a España para participar en la Guerra Civil sea percibida de la manera correspondiente. Con respeto.Usted dedicó su vida al hispanismo. ¿Hasta qué punto su padre influyó en la elección de su profesión?

Al graduarme en el colegio decidí aprender español, pero no se lo comuniqué a mis padres pues no quería que me ayudaran a ingresar en la universidad, quería hacerlo yo misma. Pasado medio año después de mi ingreso, mi padre me regaló una maravillosa edición de las obras de Federico García Lorca. Fue un regalo inapreciable para mí, pero más importancia tuvo otro regalo suyo. Al ver la luz mi primera obra literaria en el periódico La Semana me regaló un libro que trajo hace años personalmente de España: 'Bodas de sangre' de Lorca. Ya llevan diez años representando en el teatro de Moscú Soprichastnost 'Bodas de sangre' en mi traducción.

Niños españoles cerca de El Escorial. España.

¿Qué significaba para usted ser la hija del héroe?

Antes de mi nacimiento mi padre ya tenía tres hijos, dos del primer matrimonio y uno de mi madre. Por eso, soñaba con tener una niña. Mi padre ya sabía que llamaría a su hija Natalia en honor de su tía, a la cual quería mucho. Así, fui una hija largamente esperada...

Pasados muchos años vuelvo a recordar un caso. Fue la época de la primera salida de Gagarin al espacio. Para mí, como para toda la URSS, Yuri Gagarin fue inalcanzable como una estrella, un verdadero héroe. No podía ni siquiera imaginar que podría verle con mis propios ojos. ¡Imagínese mi asombro cuando el mismo Gagarin vino a visitarnos para compartir un almuerzo con mi familia! Cuando cenábamos juntos en un momento mis padres salieron del cuarto y me quedé sola con él. Me miró y dijo: "¿Sabes una cosa?, ¡Ni siquiera en mis sueños habría podido imaginar nunca que me sentaría en una mesa con una persona de la envergadura de tu padre ni que me atrevería a decirle algo!". Me quedé perpleja, pues para mi Rodión Malinovkii sólo era mi padre y Gagarin era un verdadero ídolo.

A la izquierda: Rodión Malinovski con su esposa e hija Natalia, 9 de mayo de 1965; a la derecha: 9 de mayo de 1945. Rodión Malinovski con su esposa Raísa en un parque de Viena.

A la izquierda: Rodión Malinovski con su esposa e hija Natalia, 9 de mayo de 1965; a la derecha: 9 de mayo de 1945. Rodión Malinovski con su esposa Raísa en un parque de Viena."

Mi madre siempre me decía: "¡Debes vivir de manera que tu padre nunca sienta vergüenza por ti!", y toda mi vida he tratado de ser alguien, no sólo la hija de Rodión Malinovski, o sea, nunca me respetaría si no consiguiera ser alguien aparte de ser su hija. Creo que mi padre tenía los mismos sentimientos hacia mí. Sé que estaba contento por la profesión que había elegido.

La vida nos presenta a veces historias tales que estremecen mucho más que el argumento de cualquier libro o película. Un día de invierno me apresuraba al trabajo y vi en la calle a un anciano que se sentía mal. Le ayudé a sentarse y le oí hablar en su delirio, poco se entendía pero conseguí oir: "Fuimos nosotros… nosotros… el Segundo Ejército de la Guardia… somos los que ganaron la Guerra… Nadie lo sabe… Nadie lo recuerda…". Entendí en seguida de qué hablaba: del Segundo Ejército de la Guardia que detuvo a las tropas de Erich von Manstein cerca de Stalingrado y con eso privó al ejército de Friedrich Paulus de la posibilidad de salir del asedio. Mi padre, Rodión Malinovski, dirigió aquel ejército.

Le dije a aquel hombre: "Yo lo sé"

— No, hija, no sabes nada…

— Lo sé, lo sé perfectamente. Soy la hija de su comandante…

Por primera vez en mi vida pronuncié aquellas palabras que siempre me inculcaron no pronunciar. ¡Y sentí un inexpresable orgullo de ser la hija de Rodión Malinovski!

"Rodión Malinovsky en la costa del Danubio, en un suburbio de Budapest, 1945"

¿Cómo se conocieron sus padres? Durante la Gran Guerra Patria, ¿verdad?

Sí, a finales de 1941 mi padre dirigió el Frente Sur, que en aquel entonces perdía terreno. Mi madre, a principios de la guerra, se encontraba en Leningrado trabajando en una biblioteca. Sobrevivió al primer invierno más duro del sitio de Leningrado. Casi toda su familia, salvo su hijo, murió en sus manos. La evacuaron por el Camino de la Vida el 4 de abril de 1942, el último día de la evacuación de gente por el lago congelado. Vio cómo caía debajo de la capa de hielo al agua cada segundo coche lleno de gente. Les evacuaron al sur, a las afueras de Grozni. Cuando se vio claramente que la ciudad se encontraría en la ocupación, mi madre se negó a quedarse allí. Empezó a trabajar de lavandera en el Ejército Rojo. Era un trabajo durísimo, pero encontró fuerzas para educarse en la profesión de telegrafista. Dos veces su ejército asediaron los enemigos, y ambas veces al salir del asedio trajo información para los servicios de inteligencia. Y por sus méritos el mismo Rodión Malinovski le entregó la Orden de la Estrella Roja. A finales de la Gran Guerra Patria juntaron sus vidas para siempre y se dirigieron a la Guerra en Japón ya juntos.

Se piensa en Rusia que el mundo disminuye los méritos del pueblo soviético en la Segunda Guerra Mundial. ¿Usted está de acuerdo con tal punto de vista?

A veces eso pasa y aquí no hay nada sorprendente, sobre todo si se toman en consideración los intereses gubernamentales.

Si uno ama a sus padres sus historias le importan mucho, la esencia de sus vidas. Aquella tragedia de todo el pueblo fue su tragedia personal.

Cuando veo algunos programas de la Guerra en la televisión me desalienta que se hagan con una absoluta sangre fría.

Me desengaña y sorprende la manera en que los historiadores modernos hablan de la Guerra. Desde la altura de su razón irreprochable y su comprensión de aquellos acontecimientos, analizan cómo habría que haberse actuado en la Guerra y haciéndolo pueden fácilmente ofender a los pocos veteranos que nos quedan. La Gran Guerra Patria en general se comprende de manera muy extraña: una guerra que ganó el pueblo, sin comandantes. Pero así no puede ser. Además, no hay que olvidar que los mismos comandantes antes fueron carne de cañón en otras guerras.

"El Mariscal Malinovski en el Desfile de la Gran Victoria del 24 de Junio de 1945. Foto: RIA Novosti."

También me da pena que muchos representantes de nuestra juventud no saben la historia de su país. Una vez una estudiante de mi grupo me preguntó: "¿Es verdad que usted es la hija de un general del año 1812?" "Sí, —le contesté—, me he conservado muy bien a pesar de haber bailado en las fiestas con Alexander Pushkin y los decabristas". ¡Se les confundió todo: la Gran Guerra Patria, la Guerra contra Napoleón, La Batalla de Kulikovo, todo! Y no se puede hacer nada contra eso. Es probable que sea un desarrollo normal de la Historia, que nunca más y para nadie aquella hazaña del pueblo estará tan próxima como para nuestra generación…

Las fotografías provienen del archivo personal de Natalia Malinovskaya

Cortersia: http://actualidad.rt.com
Mas informacion: wikipedia